El fallo de la CIJ y cómo desconocerlo
Por: Contrapunto.co Editorial
Colombia tiene la oportunidad para mostrar que no es un país insifnificante

La célebre frase de José Manuel Marroquín, que hace referencia siempre a una visión centrada en Bogotá, antipática y desconocedora del país, en la que dijo que él había recibido un país y había entregado dos, parece que se estuviera repitiendo. La entrega pacífica, sumisa y débil de nuestros gobiernos de la soberanía de Colombia a entidades multilaterales, clubes de países y cortes internacionales recalcan el sentimiento de desarraigo entre Bogotá y el resto de la nación


Diferentes editoriales, opiniones y artículos llaman a que el primer mandatario acepte la derrota y entregue sin más,  miles de kilómetros cuadrados de aguas territoriales, desprotegiendo comunidades enteras y dejándolas sin capacidad de pesca, y despojando al país de lo que se estima serían 9000 millones de barriles de petróleo.


El Espectador cita: “El gobierno colombiano debería llamar a las cosas por su nombre y aceptar que parte importante del mar de esa zona se perdió”, y  La Silla Vacía escribe: “Fue tan unánime el fallo que parece un "exceso" que Santos en su discurso haya dado a entender que estaría considerando desconocerlo".


El primer error: aceptar a la Corte


El primer error de Colombia fue reconocer la corte y el litigio. Si se tratara de un salón de clases nuestro país probablemente sería el niño promedio, ni tan fuerte ni tan débil. Los países desarrollados, tal vez mejor nutridos, serían aquellos niños mejor vestidos, que tienen su propio club y deciden quien juega y quien no con su balón. Nicaragua, por su parte (muy bien representada por Ortega, eso sí) sería el chiquitín del curso, que intenta llamar constantemente la atención por las barbaridades que dice, aún cuando los demás estudiantes lo ignoran.


Lo absurdo, siguiendo con este símil, es que Colombia hubiera aceptado que todo el curso (sin profesores) decidiera sobre su almuerzo a favor de Nicaragua. El error de Pastrana es pensar que en efecto hay un ordenamiento jurídico internacional que tiene más razón que nosotros mismos para definir la zona donde vivimos.


La visión que se le critica a Marroquín (quien nunca salió, en su vida, de la Sabana de Bogotá) fue pensar que lo que valía la pena en la vida era la literatura, la Sabana de Bogotá (mal que bien escribió un libro sobre la historia de Yerbabuena) y aquella cultura heredada de Europa.


Colombia, si quiere tener algún peso en el concierto internacional, debe reconocer que el mundo no es justo, ni se encuentra cerca de serlo, el peso, la fuerza y la importancia de un país no puede ser igual a la del vecino. En la política internacional no sucede como en el campo de los derechos humanos, donde todos somos iguales.


Quien critica fervorosamente a Santos por no arrodillarse sumisamente ante una entidad multilateral, está más preocupado por quedar mal hoy ante la comunidad internacional, por ser denunciada ante el consejo de seguridad de la ONU, que por el futuro (que probablemente dure más que la misma corte) de nuestro país.


Es más importante quedar bien antes las ilustradas instancias internacionales que ante el pueblo de San Andrés y Providencia, porque en últimas, ellos no son de Bogotá y, los pobres, no entienden la relevancia de la Corte, ni el derecho internacional con sus intríngulis, los pobres solo ven por sus hijos y por sobrevivir, toca explicarle los tratados firmados desde Bogotá.


Colombia, si quiere ser un país relevante, tiene que actuar como tal, y poner a sus ciudadanos y sus intereses por encima de unos fallos que ni son justos ni nos convienen. Colombia tiene que ver que ser obediente no va a darle respeto internacional y que no sería la primera vez que un país confía en su tamaño, en su razón, en su soberanía.