Los parqueaderos y Bogotá: Blog Lariza Pizano
Por: Lariza Pizano
Las medidas de Samuel Moreno devolvieron los carros a los andenes.

Combinar medidas estudiadas y argumentadas para favorecer la movilidad, con la promoción de actitudes cívicas, generó, durante las administraciones de Antanas Mockus y Enrique Peñalosa, comportamientos objetivos que generaron una percepción de orden y bienestar. Sin embargo, en Bogotá esa percepción es cada vez más frágil. El gobierno de Luis Eduardo Garzón pasó sin pena ni gloria en la ciudad, el de Samuel Moreno hizo tocar fondo a la crisis de legitimidad y el actual, de Gustavo Petro, no ha hecho claridad sobre cual es el modelo de ciudad más conveniente para la ciudad. Casi el 70 por ciento de los bogotanos sienten que las cosas en Bogotá van por mal camino y en todas las encuestas, la inmovilidad  aparece como un problema esencial.

 

En este contexto se enmarcan los problemas relacionados con los parqueaderos. Así, los estímulos para la construcción de estacionamientos durante las administraciones Mockus y Peñalosa se convirtieron, por ejemplo, en uno de los elementos definitivos en la construcción de ese orden urbano. Los bogotanos pasamos de parquear en los andenes y las bahías, a hacerlo en lugares apropiados para la prestación de este servicio. Sin embargo, inciativas respaldadas por el alcalde Samuel Moreno, como la de permitir el parqueo en bahías y la de cobrar el servicio de parqueo por minutos, afectaron negativamente a este sector y a desestimularon a quienes preferían dejar su carro o su moto en lugares que ofrecen seguridad. Hoy en día, y ante la débil percepción de autoridad, a gente tiende a parquear donde le da la gana, generando mayores problemas de movilidad.

 

El panorama anterior se vuelve más complejo por cuenta de la ausencia de criterios técnicos para determinar el alcance de medidas como el Pico y Placa por horas o –como lo han anunciado funcionarios actuales de la administración distrital—el interés en recuperar las bahías y de promover el parqueo en vía.

 

Pero de todas las consideraciones anteriores, una de las que más ha afectado el orden urbano en materia de movilidad, fue la de cobrar por minutos el parqueo. Así, a finales de 2009, el Alcalde Moreno sancionó el proyecto que permite el cobro por minutos, profundizando aún más los desastrosos efectos que tuvo el cobro por cuarto de hora o fracción del uso de estacionamientos.

 

Dicha iniciativa, que surgió del Concejo de Bogotá, terminó aumentando costos para los empresarios y, en consecuencia, generando más costos para los usuarios, desmotivando el uso de los parqueaderos. Además, ha aumentado los trancones. Cuando el cobro era por horas, la gente hacía caminando las diligencias que podía hacer en un área cercana durante una hora. Al ser por minutos, se incita a que las personas hagan cualquier vuelta de poca duración sacando el carro del parqueadero para desplazarse una o dos cuadras y estacionarlo en otro lugar, donde también le cobrarán por minutos.

 

Por si fuera poco, la fórmula de cobro por minutos establece las tarifas tope según una fórmula improvisada y supone que el Distrito viola el principio constitucional de Libre Empresa.

 

En vez de estar cambiando las reglas de juego cada tres años y adecuarlas a motivaciones de carácter electoral o complacientes con las iniciativas de ciertos concejales, la administración debería concentrarse en tomar medidas fundamentadas en estudios serios y argumentos técnicos. No resulta consecuente que desde el gobierno distrital “desestimule” el uso del carro con medidas como el pico y placa, pero lo estimule con otras como la aprobación del parqueo en bahías o la ausencia de persecución a parqueaderos ilegales. Contradicciones como estas son las que hacen que los bogotanos no sientan, como hace un tiempo, que la ciudad va mejorando.

En medio de este maremágnum, y ante la claridad en los procesos que han llevado al caos en materia de movilidad, los ciudadanos tienen a castigar a los parqueaderos culpándolos de los costos, y sienten que no tienen la obligación de participar en la construcción de una ciudad ordenada. Está demostrado (Pizano, 2003), que en Bogotá el caos –más que resistencias- genera más caos.


@lpizanor