A la salud de Rusia
Por: Juan Camilo Vergara
La troika Rusa



Se levantó en medio de un muladar de camillas, bacinillas y zapatos, los gemidos vecinos no lo dejaban dormir. En la habitación contigua, donde tal vez se amontonaban otras 15 personas, se oía el angustioso dolor de otro paciente, sus gritos iban minando los nervios de cada uno de los enfermos; seguramente él también llevaba 24 horas esperando al médico. Lo mejor era que cerrara los ojos, que no viera nada, a no ser que quisiera saber de dónde venía el sonido de la gotera; uno de esos escapes que tenían los tubos podridos surcando las paredes del supuesto hospital.



Afortunadamente ahí estaba la maleta, indispensable compañera de todo enfermo ruso en un hospital, pues es inútil esperar sabanas, cobijas o almohadas. Mucho menos se puede pretender que les brinden a los enfermos un plato, vaso o cuchara, lujos absurdos en un centro de salud. Después de todo, en el país de Stalin, donde sus propios gobernantes exterminaron a varios millones de sus conciudadanos, qué importancia tiene una vida más?



Podía cerrar los ojos pero no podía dejar de respirar ni de oír, a menos de comenzar a perder la razón. No podía evitar sentir el aire que llevaba años encerrado en ese lugar. La humedad que enmohecía las paredes se pegaba a los pulmones así como las enfermedades saltaban de un paciente a otro construyendo nidos. 



Afortunadamente estaba acostado y no veía las manchas extrañas que decoraban el colchón, los pelos enmarañados en las esquinas de la cama, los pedazos de comida putrefacta que esperaban algún día ser recogidos. Qué cercanos pueden llegar a ser los hospitales de las cárceles en Rusia, solo que a los primeros les harían falta guardianes para prevenir que lo roben a uno.



Habíamos llegado al palacio del oprobio tras un paseo de 2 horas en ambulancia. Si, uno de esos paseos domingueros en los que el conductor nunca se afana. Nos recogieron después de 50 minutos, un paramédico que no movía un dedo sin que alguien por teléfono se lo ordenara. La jeringa le temblaba en las manos precisamente en el momento en que la confianza hace la diferencia. Era una emergencia pero la camilla nunca la bajaron de la ambulancia, pues a menudo las reservan para gente más estirada, la que va a medicina legal.



Las enfermeras, contrarias al mito de bondad y belleza con el que la sociedad las ha premiado, se encargaban de hacer sentir a cada cual culpable por estar en el hospital, como si todos hubiéramos decidido venir a pasar un rato libre. Cada pregunta era respondida con una mueca de desagrado, porque no hay ser más idiota que un paciente desinformado. En medio de todo, el menos preocupado era él que no veía ese corredor interminable donde las cajas de medicamentos se amontonaban como lo hace cualquier mercancía en la puerta trasera de un supermercado.



Ante el nivel de esterilización que reinaba en el hospital, él no sabía lo que le esperaba cuando tuviera que vérselas con el baño y la ducha, lugar de pleito y rivalidad de todo el corredor. Era la manzana de la discordia de un enjambre de enfermos sin médico, que llegaban con dificultad al baño para ver la basura desbordada y sentirel olor dulzón mezclarse con la pestilencia del retrete.



Estábamos ante unas personas para las que el ser humano se reduce a números y papeles. Médicos que no evalúan un paciente sino una hoja de papel donde hay síntomas y cifras. No piden ver al ser humano que se enfermó, sino el cuaderno al que se reduce esa persona.



De las altaneras fauces de las enfermeras nunca salió su nombre, solo su apellido, como sucede en el ejército. Lo gritaban de un lado a otro para que los allegados entraran en formación, firmes, brazos rectos de lado y lado, mentón elevado y mirada fija al frente, al punto que creía que pronto izaríamos la bandera de la vergüenza.



En ese lugar, del que nos tenían prohibido salir porque supuestamente estaban cuidando del paciente (el doctor no apareció en 36 horas), comenzamos a entablar conversaciones con otros convalecientes; compañeros de indignidad que pronto mostraron el carácter estoico de los rusos, que todo lo soportan y todo lo aceptan bendecidos por el poderoso sentimiento del que no espera nada de nadie. Ahí estaba la vecina chechena, que cada mes tenía que salir de su provincia, desafiar la rudeza del Cáucaso y remontar la estepa rusa devorando miles de kilómetros hasta llegar a la pantanosa Petersburgo. No es nada decía ella, cuando en realidad debía atravesar una distancia de 4 veces Colombia a lo largo… Aquí se sentía ella como en casa, segura en la camilla a la que la tenían confinada. La vi explayarse con sus maneras levantinas hasta quedar tendida de medio lado, apoyando la cabeza cual princesa persa. Su mirada oriental no me dijo por qué venia cada mes desde tan lejos, ni tampoco quería imaginar cómo eran los hospitales de su región si debía caer en este lujo de insalubridad.



Por fin, tras una semana de encierro - culpa nuestra, claro está – nos liberaron en medio del sistema de salud ruso. Eso quiere decir que entrabamos en la segunda fase del insulto al paciente cuando, al tratar de hacer una cita con un especialista, resultó que había que anotarse en una lista de espera de 2 meses. Bueno, una tontería diría cualquier ruso que ha esperado tanto de tan pocos, salvo que los 2 meses se convirtieron en 3 cuando llegamos a la cita médica y resultó que el especialista se había ido de vacaciones sin avisarle a los pacientes. Después de todo, el deber de todo paciente es adivinar dónde se encuentra su médico.



Por fin, después de una búsqueda desesperada que haría sentir al FBI como una banda de niños, logramos darle cacería al “especialista”, un hombre de unos 40 años que logro lo imposible: nos hizo añorar la afabilidad de las enfermeras como si fueran nuestros ángeles guardianes. El hombre, a pesar de estar en su área de especialización, no nos dio ninguna información relevante, salvo al indicarnos al final dónde quedaba la salida. La cita fue más bien expeditiva, para alivio nuestro y del médico seguramente. Ante esta historia, de la cual omito los detalles más picantes, lo único que pude constatar fue la extraña mirada que se cruzaban los amigos rusos cuando les contaba lo que sucedía. Ninguno quería decir lo que eso significaba; se miraban y les daba vergüenza que el extranjero se enterara de ese lado oscuro de la vida rusa, la corrupción.



La sorpresa fue enorme cuando todos, por separado, llegaron a la misma conclusión: teniendo en cuenta la edad, los padres, la especialidad del hombre, anunciaron que había una alta probabilidad de que el “especialista” hubiera comprado su diploma. Parece ser que es más común de lo que uno cree en Rusia y,analizando el asunto en retrospectiva, sopesando cada frase, mi boca se fue abriendo de consternación, las cosas comenzaban a encajar, las incongruencias tenían una explicación.



La esperanza de vida en Rusia se avecina a la de Irak o Guatemala, a la vez que se trata de uno de los países más ricos del mundo. Rusia fue alguna vez un país de premios nobeles, de alta tecnología donde el nivel de educación era tal vez el más alto del mundo. Aún quedan reflejos de lo que fue alguna vez la Unión Soviética, la gente todavía añora los años cuando las cosas funcionaban mejor,con una resignación que parte en pedazos el carácter sudamericano, acostumbrado a alegar, a contradecir, a sospechar de lo perfectible de cada creación del ser humano. Pero esto es Rusia, su gente es otra, su historia es otra y su dignidad, la que queda, es otra.

.