Elogio de la mamera
Por: María del Pilar Osorio



Hace unos años a mi prima menor (en ese momento tenía 4 años) la echaron de un colegio de Bogotá porque cuando la profesora le preguntó si había hecho la tarea ella le contestó con otra pregunta: “profe, ¿a usted no le da mamera lavar la losa?, pues a mí me dio mamera hacer la tarea”. La reacción de la profesora fue exagerada y mi prima se cambió de colegio. A mí la historia me quedó en la cabeza… había algo que me hacía simpatizar con esa profesora y algo que me repelía.


Como algunos saben, trabajo en una biblioteca. Aunque muchas de las cosas que hago me gustan, he de confesar que al principio me daba mamera. Una de mis funciones es mover la colección infantil y me daba una pereza infinita leer esos libros. Al principio inventaba todas las excusas para no verlos, a los grupos con los que debía estudiar este género les proponía leer obras de autores de literatura universal y me inventaba las conexiones más absurdas con tal de no asumir mis funciones. Pero la sensación de profunda vergüenza cada vez que hablaba con mis colegas y notaba que sabían más que yo, me obligó un día a meterme en una librería a leer todo lo que encontré, a mirar en páginas de Internet aspectos básicos sobre autores y tendencias. No voy a mentir diciendo que de un segundo para otro me descubrí trasnochando leyendo Anthony Browne porque no es cierto. Lo que sí es verdad es que un día miré mi escritorio y mi computador, en la pantalla una página de Word me exigía que escribiera y analizara la obra de un escritor que siempre he considerado menor y en el escritorio Isol me sacaba la lengua y se burlaba de las princesas, y entonces Isol ganó la pelea y, con ella, confirmó que buena parte de la mamera que sentía estaba basada en la ignorancia.


Antes de ese día en que la vergüenza fue mayor que la mamera era una profunda ignorante del tema. No creo que hoy en día sea experta en Literatura Infantil, pero creo que algo sé y soy consciente de que hay mucho por explorar, soy conciente de la deuda que la academia tiene con este género y, sobre todo, puedo sonreír con los chistes de Isol, con la ternura de Browne, con la crudeza de otros…


Por su parte, el autor que se quedó en la pantalla jamás tuvo la suerte de la literatura infantil, sigue pareciéndome un autor menor, sin ninguna propuesta interesante y profundamente aburrido. Ahora, como era tal la mamera que tenía de estudiarlo cada vez que leía sus párrafos trataba de explicarme porqué me genera tal resistencia. Sobra decir que jamás le dediqué más de una hora de corrido a leerlo, por lo que la lectura fue lenta y minuciosa, dándome tiempo para pensarlo sin gozarlo, sin fascinaciones. Hoy le debo a ese pésimo autor saber qué le exijo a un libro, qué considero cualidades en una obra, qué no perdono en argumento, y no porque yo sea una gran crítica de Literatura, sino porque soy una lectora que, como todos, huye de la mamera y reclama el placer del libro.


Ahora, me doy cuenta que eso era lo que me gustaba y repelía de la famosa profesora: ella sabía que enfrentar la mamera (que creo que es una forma del miedo y la ignorancia) nos puede llevar a mundos fantásticos, como el de la literatura infantil. Pero, al tiempo, ella no era capaz de reconocer que hay cosas que no queremos hacer y a veces es porque algo nos anuncia que no tiene sentido, que es malo e inútil, como ciertos autores colombianos. Hoy en día creo que ella se olía que mi prima iba a ser imposible, le dio mamera enfrentarlo porque sabía que con ella no iba a poder y la impulsó para que se fuera del colegio.