Las Catacumbas de París
Por: María del Pilar Osorio
El particular silencio de las catacumbas

Uno de los planes que menos gente hace al venir a París es visitar las catacumbas. En la ciudad luz hay un rincón que no ha tenido miedo a la oscuridad. Después de bajar una buena cantidad de escalones uno se encuentra en una sala en la que hablan del mar y cómo se ha formado el terreno de la actual París, cómo fueron construidas las cantinas en este lugar y cómo en el siglo XIX decidieron pasar todos los huesos del Hospital de los Inocentes a lo que hoy conocemos como las catacumbas.


Uno camina un rato más por un camino a media vela que huele un poco a sal y en el que se oyen gotas caer. Mi espalda está alerta y espera un asalto: acá están los cuerpos de miles de miles de parisinos, acá se reunieron los poetas malditos, acá se hicieron reuniones extrañas de las que tenemos noticia y acá se escondieron seres bizarros que algo tenían que deber. La audio-guía no hace sino recordarnos que estamos en el mundo de los muertos y de alguna forma yo espero que alguno de ellos me salude, me jale un pie, me mueva la mandíbula -como cualquier vivo- pero están muertos y eso no pasa. Por el contrario, uno entra a un laberinto de calles con nombres cuyas paredes están hechas de cráneos y fémures debidamente acomodados, organizados. Aunque no sé bien dónde quedaron las pelvis y las cajas toráxicas (quizá dando la estructura para que se vean los cráneos) es claro que acá hay un silencio extraño.


Me quedo quieta un momento y cuando la chica alemana (que me dobla en estatura y sex-appeal) se aleja con sus tacones me apoyo un poco sobre una pared de cráneos -ya sé que nadie me jalara, que no se me entrara ninguna mala energía, que Baudelaire no se me aparecerá para dictarme un poema- y noto que hay algo extraño en ese silencio. No es el silencio usual de la muerte de los seres conocidos, en el que al fondo siempre está el llanto de una viuda, de un viejo amigo, de un vecino, de una hija, de un enamorado. No. Es el silencio de quien ya no tiene ningún ruido en la tierra, de quien ya no es llorado, ni anhelado, ni extrañado… sólo están las inscripciones de los poetas a la muerte. Y entonces algo conecta en mi cabeza: es el silencio que los poetas sueñan. El silencio de una muerte que ha dejado de doler y en el que la palabra escrita resulta más importante e inmortal que miles de fémures y miles de cráneos, y miles de gitanos y miles de ancestros que huyeron por las calles de las catacumbas. Todos esos gritos, todas esas historias, todos esos llantos, todas esas burlas se han ido y ya no queda ni un vestigio. Sólo estamos el silencio y mis ojos leyendo esas palabras que gritan. Me silban un poco los pulmones y entonces noto que sobro (como los tacones de la alemana). Salgo porque no quiero interrumpir el soñado silencio de Lautreamont y no termino de leer sus versos. Afuera respiro y parece que mis pulmones ya no silban. París suena con su discreto sonido y se ilumina con su discreta iluminación. No puedo decir que he conocido la poesía, no ha sido una experiencia mística y ese es, justamente, el punto. Sólo puedo decir que sé que muchos años después de morir habrá un silencio familiar que quizá me una con quienes cantaron y se rieron y confabularon en estas catacumbas. Y si mis huesos terminasen acá, pido que dejen una mano cerca al piso para jalarles las patas por no haberlas visitado antes.